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Hay algo profundamente inquietante cuando funcionarios públicos que alguna vez ejercieron un inmenso poder abandonan repentinamente la fortaleza que proyectaban en el momento en que la rendición de cuentas los alcanza. Es fácil parecer fuerte cuando todavía se tiene influencia, aliados leales y la maquinaria del Estado.
La verdadera prueba del carácter, sin embargo, llega cuando a una persona finalmente se le pide que se presente ante la ley y responda por sus acciones.
El intento del senador Ronald "Bato" dela Rosa de evadir la posibilidad de arresto bajo una orden de la Corte Penal Internacional (CPI) —forcejeando con agentes de la Oficina Nacional de Investigación, corriendo al salón de sesiones del Senado en busca de refugio, y suplicando públicamente al presidente Marcos que no permitiera su traslado a La Haya— no proyecta dignidad ni estadismo. Se asemeja a la conducta de un matón callejero que huye de las consecuencias, más que a la de un funcionario público preparado para enfrentar el escrutinio legal con compostura.
El cargo público exige más que autoridad. Exige carácter. Funcionarios como el senador Bato, que alguna vez justificaron políticas duras en nombre de la ley y el orden durante su mandato como jefe de la Policía Nacional de Filipinas, no pueden de repente apartarse de los procesos legales cuando ellos mismos se convierten en sujetos de investigación.
No se puede invocar el lenguaje de la dureza, la disciplina y el sacrificio mientras se está en el poder, para luego caer en el pánico y refugiarse políticamente en el momento en que la ley comienza a exigir respuestas.
Un servidor público digno entiende que las acciones tienen consecuencias. Este principio se aplica a todos —ciudadanos ordinarios y poderosos funcionarios por igual—. De hecho, cuanto más alto es el cargo, mayor es la obligación de someterse al escrutinio y de enfrentar las acusaciones con moderación y dignidad. La responsabilidad legal no se convierte en persecución política simplemente porque sea difícil o humillante. El cargo público no es un escudo frente a la responsabilidad de responder a acusaciones graves ante las instituciones correspondientes.
La historia recuerda no solo lo que hicieron los líderes, sino cómo enfrentaron el juicio. Algunos líderes confrontaron las acusaciones con compostura, insistiendo en su inocencia mientras respetaban los procesos legales. Los senadores Leila de Lima y Sonny Trillanes soportaron la detención, las investigaciones y la persecución política sin renunciar a su dignidad. Enfrentaron las acusaciones de frente, se condujeron con firmeza y salieron con su honor intacto.
Otros, sin embargo, responden de manera diferente.
Se esconden detrás de tecnicismos, alianzas políticas y actuaciones dramáticas diseñadas para transformar la rendición de cuentas en espectáculo. Buscan refugio en instituciones que alguna vez dominaron, con la esperanza de que el poder pueda protegerlos de los mismos procesos que ellos mismos impusieron a otros. Tal conducta no proyecta fortaleza. Si acaso, sugiere una profunda incomodidad para enfrentar el escrutinio legal sin la protección del cargo, la influencia o el patrocinio político.
También hay una profunda ironía en todo esto. La misma cultura de impunidad que antes alentaba a los funcionarios a actuar sin miedo es la misma cultura que ahora produce esta desesperada evasión. Cuando los líderes se acostumbran al poder sin control, comienzan a creer que las consecuencias son para otras personas. Pero las instituciones, nacionales o internacionales, existen precisamente porque el poder sin rendición de cuentas eventualmente corroe la democracia y debilita la confianza pública.
Enfrentar las acusaciones con dignidad no significa admitir culpabilidad. Significa reconocer que ningún funcionario público está por encima de los procesos de la ley. Significa comparecer ante los tribunales sin teatralidad, sin instrumentalizar las instituciones políticas como escudos y sin reducir la justicia a una contienda de lealtad, supervivencia o guerra política partidista.
En la vida pública, llega un momento en que una persona ya no puede controlar cómo la historia juzgará sus decisiones. Lo que permanece bajo su control es cómo se conduce cuando llega el juicio.
Esa es la verdadera medida del carácter íntegro.
Y eso es precisamente lo que está ausente en los intentos indignos del senador Bato dela Rosa de evadir la responsabilidad.
Lamentablemente, puede que no sea el último funcionario público en responder de esta manera cuando las consecuencias del poder finalmente comiencen a alcanzarlo. – Rappler.com

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